Sus manos son gruesas, parecen hinchadas, pero son solo una expresión de la fuerza que ejercer su cuerpo a 4.800 metros sobre el nivel del mar (s.n.m). Así lo define uno de los protagonistas de esta historia: Javier Daza, TSU en manejo de emergencia y seguridad, alpinistas, rescatista, y forma parte del equipo que trabaja en la modernización del Sistema Teleférico de Mérida, actualmente en ejecución.

Tiene 32 años y desde enero de este año se despierta todos los días a las 5:00 de la mañana y se acuesta a las 8:00 de la noche, agotado por la ardua faena que implica “echar pico y pala” a 4.800 metros de altura, sobre el nivel del mar. Allá, en lo alto del Pico Espejo, donde todos tiritamos de frío.

Él, junto con obreros, maestros de obra, montañistas, guías turísticos de montaña, ingenieros y hasta profesores oriundos de la zona y “nevaderos”, pernoctan a diario en el régimen de campamento de “La Aguada”, a 3.400 m.s.n.m, en la tercera estación del Sistema Teleférico de Mérida. Allí trabaja en la modernización de la “Torre 8”.

“El desgaste es muy diferente, no puedes ir a una cuadra y traer bloques así… rápido (como lo haces en la ciudad). ¡No! Es un poco más pausado: caminas igual, te mueves rápido… pero, a veces, hay que pararse por falta de oxígeno. Es lo más fuerte, siempre llegas ‘reventado”, narra con tono pausado.

La faena comienza a las 7:00 am y termina a las 5:00 pm, con una hora de descanso después de las 12:00 del mediodía, cuando les llevan el almuerzo.

Al lugar de trabajo han llegado en un vagón de carga descubierto. Anclan sus arnés a las guayas para estar seguros y disfrutan los casi cinco minutos de recorrido, que se elevan a 15, si de subir a lo más alto de la cúspide se trata.
Parece divertido tener que sacar nieve con una pala, o ver cómo la máquina la remueve y expulsan como una fuente blanquecina de escarcha, pero además, este grupo de hombres bajan y trasladan diariamente el material que llega en el vagón de carga: cabillas, agregados para el vaciado de la torre, plásticos, aceite para el compresor, pacas de cemento, piedra, arena… También usan el martillo eléctrico para romper las rocas, echan pólvora y hacen tiros, como cualquier otro trabajador en obras civiles, lo peculiar es la altura geográfica y las bajas temperaturas a las que trabajan, en estas condiciones climáticas el modo de cumplir las tareas no es nada tradicional.

Un trabajo así era el que siempre habían soñado mostrar… “¡Muchos lo anhelaron! Y pocos tuvimos la suerte de hacer esto realidad”, precisa Ecio Escalona Rojas, de 30 años, uno de los experimentados montañistas merideños elegidos para estos deberes.

trabajando en teleferico de MeridaLos ‘nevaderos’, nativos del pueblo Los Nevados, detrás de la Sierra, realizan los mismo trabajos de construcción, pero en Pico Espejo, la estación más alta, su cuerpo ya está acostumbrado a realizar faenas a tan elevados metros sobre el nivel del mar. Los trabajadores de las dos primeras estaciones sí bajan todos los días a dormir en sus casas, en Mérida.
Durante los últimos días la temperatura ha oscilado entre los 3 y 5 grados centígrados (°C), por estar en época de lluvia. Las gélidas temperaturas también traen consigo nevadas, granizo y ventiscas, que obligan a los obreros a resguardarse bajo techo hasta que escampe.

José Ramón Sánchez, de 28 años, especialista en verticales y compañero de cuadrilla de Ecio, recuerda que llegaron en verano a trabajar en Pico Espejo y las temperaturas solían bajar a menos de 5°C.

“Y donde laboramos era la parte de sombra de la estación… Complicado… porque todo se congelaba, los equipos, las herramientas… Teníamos que hacer remoción de material, caerle a las piedras a pico y pala, a 4.800 metros, algo que no es sencillo para nada”, relata.

Arriba todo es acción. Se trabaja con carretilla, barra, porra y detonaciones. No todos son montañistas. Junto a Ecio y José Ramón también trabaja David Castillo, un nevadero de 21 años, él es uno de los ayudantes de andamio. Anteriormente, trabajaba con la siembra de papa, trigo y maíz, en su pueblo natal, a solo cuatro horas en bestia desde el Pico, ahora sueña con ser absorbido por el Sistema Teleférico para trabajar como guía, cuando empiece a funcionar el nuevo y moderno transporte

“Al principio nos caían tremendas nevadas, pero igualmente hacíamos nuestras funciones, pero después no nos permitieron seguir trabajando así”, revela David. Pese a lo que se cree, el ser nativo de Los Nevados no exime a estos hombres del agotamiento que produce trabajar con tan poco oxígeno y a alturas tan elevadas, muchos montañistas y nevaderos también tuvieron que claudicar luego de dos días en el Pico.

“Cuando llueve hay que guardarse porque es un clima fuerte y la temperatura puede bajar a 6 °C de un momento a otro, en solo un minuto, entonces no conviene mojarse. Si es una llovizna cogemos el poncho, pero si comienza a llover gotitas fuertes y seguidas paramos hasta que escampe, y luego volvemos a activarnos”, continúa relatando David y cuenta que a veces hay que anclarse para bajar ciertos materiales y es allí cuando la habilidad de quienes han trabajado en alturas sale a relucir.

¿Anclarse? “¡Sí! Obligatoriamente debemos portar un arnés, el cual tienen que amarrar a la torre o a la piedra, en un sitio seguro, para poder bajar por aquellas paredes muy verticales en las que no puedes andar así nada más porque te puedes ir para abajo. Tienes que anclarte ‘a juro’ con el arnés a un punto de seguridad”, describe.

trabajando en teleferico de MeridaLo que a simple vista parecería como ‘colgando’, estos hombres en altura se mueven con sus cuerdas para armar estructuras en lo más encumbrado. De lejos, se ven como hormigas trabajadoras formando líneas mientras hacen sus tareas, organizadamente, sujetados de decenas de cuerdas. Unos suben, otros caminan de lado a lado, con tubos sobre sus hombros o carretillas repletas de material.

De vez en cuando el vuelo cotidiano de un águila, que puntualmente pasa sobre ellos, les recuerda amablemente la hora y el privilegio de encontrarse geográficamente en lo más alto del país.

El TSU Javier Daza no es el único montañista del grupo, también hay quienes trabajan con alturas desde hace tiempo, limpiando árboles, con turismo ecológico y extremo, guías… La paga es buena y los beneficios también.
La presencia de mujeres no es muy frecuente, Javier recuerda haber contado quizás unas 15, casi todas especialistas, que extrañamente pernoctan en el refugio.

Pocos minutos después de las 5:30 de la tarde, el mismo vagón de carga regresa por sus pasajeros, es hora de retornar al seguro y confortable refugio, en La Aguada, donde la calefacción y los espacios recreativos les esperan.
Un baño con agua caliente es lo propio luego de las ocho horas de trabajo. La cena se sirve desde las 6:00 de la tarde… Panquecas, hamburguesas, arepas o tal vez un suculento pepito… Y las cantidades, pues cada quien come lo que su cuerpo le demanda.

Pocas veces se quedan jugando ping pong, futbol de mesa, ajedrez… o viendo la Tv con señal satelital, aunque las áreas comunes, incluyendo el comedor, funcionan hasta las 10:00 de la noche, hora en la que ya todos deben estar durmiendo.
En cada cuarto se acomodan seis literas, para 12 personas, allí les esperan dos cobijas y la cálida “primera capa”, un mono hecho en su totalidad de fibra polar, que aunque muchos lo usan de pijamas, realmente es para colocarse debajo de la indumentaria de trabajo. Regularmente, una ventana permanece abierta, para que el viento recorra el lugar, pero la calefacción impide que el frío los entumezca.

Javier recuerda en dos oportunidades haberse enrollado entre sus cobijas, pero sin haberse dejado dominar por el frío.
Ya son las 4:30 de la madrugada y el ruido de las sillas del comedor, acompasado con la limpieza del recinto, interrumpe el sueño de los obreros. Poco después, el aroma que desprende la preparación del desayuno se une con la humedad de la gran casa de montaña y hace saber a los comensales que es hora de prepararse.

Se levantan a las 5:00 de la mañana: “Lo normal… bañarse, si te vas a bañar, asearte… Comemos y vamos a esperar el vagón de carga para subir a la estación… más o menos a las 7:00 am”.

Esa mañana Javier come cuatro arepas con queso, huevo, jamón y mortadela, más o menos el mismo menú de todos los días, también hay café en termos, té y jugos. Ya no volverá al refugio sino hasta la cena.

Botas de seguridad con punta de hierro, pantalón y chaqueta semi impermeables, con fibra polar por dentro; casco, tapa oídos, guantes y lentes, le acompañan. También cuentan con botas de caucho y punta de hierro, para las zonas donde hay mucha agua.

… Y si está haciendo mucho frío, debajo de toda aquella indumentaria, se coloca la “primera capa”.

En cada torre y estación de trabajo existe un pequeño campamento, una casilla que sirve para resguardarse del mal tiempo. Dentro, una mesa y un microondas convierten al sitio en el lugar de almuerzo.

La comida llega puntualmente, empacada en higiénicos morrales. Hoy les ha llegado sopa de apio, carne, arroz, plátano y ensalada; aunque el pollo lidera la variedad de los platos. No vendría mal una dieta contentiva de más vegetales y frutas, en concordancia con el desgaste energético que demanda el trabajo en la alta montaña.

La pequeña casa guarda también comida de contingencia y algunos materiales.

“Una vez se fue la luz y tuvimos que bajar caminando. Había mucho frío y el camino estaba hecho un río, nos costó bajar, pero nos mantuvimos seguros”, recuerda el montañista.

Estar adecuadamente protegido y bien abrigado, hace la diferencia. La mayoría de quienes pernoctan en La Aguada tienen entre 20 y 55 años de edad.

Golpes con piedras en las manos, gripe, alergias al polvo y otras afecciones de tipo respiratorias suelen afectar, de vez en cuando, a estos fortachones con cara de vikingos y nariz tostada que construyen lo que promete ser el sistema teleférico más largo y novedoso del mundo.

“En el albergue hay atención médica y siempre estamos muy pendientes de usar los guantes y los lentes porque cuando echas porra pueden salir trozos de piedra… A un muchacho le cayó una piedrita y le rayó la córnea. Tuvo unos días de reposo con el ojo tapado, pero ya está bien”.

Para Javier, trabajar en la construcción del mayor atractivo turístico de la ciudad que lo vio crecer, es un orgullo, un cúmulo de experiencias que servirán para contarle a las siguientes generaciones.

Los más de 200 hombres duermen en la montaña durante 10 días continuos y bajan a la ciudad para descansar cuatro, pero cuando están en Mérida duermen todo lo que pueden.

El nevadero José, el más joven de todos, resuelve: “Cuando bajas tiendes a enfermarte un poco, si ahora me tomo una cerveza se me daña un poco la voz… Comemos, paseamos, hacemos mercado. Uno baja a descansar, a relajarse, porque siempre cargas como un cansancio acumulado, bajas ‘reventado’ y pasas días recuperándote. Yo siempre hago ejercicio, porque no puedo parar… pero dormir es lo que más anhelamos”.

Reportaje: Echar pico y pala a 4.800 metros de altura
29 de agosto de 2012
Mawampy Bonillo / El Vigía
www.panorama.com.ve



Un Comentario

  1. carmen cabezas says:

    Impresionante lo que hace cada una de estas personas cuando aman lo que hacen, como venezolana me siento orgullosa de todos chicos profesionales, obreros que estan trabajando en esas situaciones de tanto frio y peligro. Felicitaciones a todos por su desempeño de amor en lo que hacen. Viva mi bella patria VENEZUELA y mis hermanos Merideños, ciudad de bellas personas.

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